10 grandes civilizaciones de la historia de España

Desde su instauración en 1901, los premios Nobel han recaído sobre 8 españoles, seis de ellos en la categoría de Literatura y dos en la de Medicina.

El primer premio Nobel que se otorgó a un español,  fue para el madrileño José Echegaray en 1904, reconociendo la brillantez de sus obras, en las que recogía y renovaba la tradición del drama español del siglo XVI. Fue un personaje polifacético, que además está considerado como uno de los más grandes  matemáticos españoles del siglo XIX. 

Dos años más tarde, en 1906, recibió el premio Nobel de Medicina el médico Santiago Ramón y Cajal (1852, Petilla de Aragón, Navarra -  1934, Madrid), en reconocimiento a su trabajo pionero en el estudio del sistema nervioso. Compartió el premio con el italiano Camillo Golgi. Desarrolló una revolucionaria teoría que empezó a ser llamada la «doctrina de la neurona». Humanista, además de científico, está considerado como cabeza de la llamada Generación de Sabios.

En 1922, el dramaturgo Jacinto Benavente (1866 - 1954,  Madrid,) obtuvo el premio de Literatura, por la forma en que fundió el legado del drama español con las tradiciones de la Ilustración, renovando profundamente el teatro en España. Formó parte de la Real Academia Española. Fue un autor bastante prolífico, que dejó más de 170 obras en los diferentes géneros teatrales: tragedia, comedia, drama y sainete. Los intereses creados, La comida de las fieras y La malquerida son algunas de la más conocidas.

34 años después, en 1956, de nuevo el Nobel de Literatura quedó en las letras españolas, gracias al autor del célebre relato Platero y yo, el escritor Juan Ramón Jiménez, (1881, Moguer, Huelva -  1958 -San Juan, Puerto Rico ) en reconocimiento a la pureza estilística y elevada espiritualidad que imprimió a su lírica. “Platero es un burro pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero...”. Estas palabras publicadas hace un siglo,  forman parte de la literatura universal. 

En 1959, otro investigador, Severo Ochoa,  (1905, Luarca, Asturias - 1993, Madrid) fue galardonado con  el Nobel de Fisiología y Medicina, que compartió con un antiguo alumno, el estadounidense Arthur Kornberg, por sus descubrimientos sobre el mecanismo de la síntesis biológica del ácido ribonucleico (ARN) y del ácido desoxirribonucleico (ADN). Tiene una frase célebre: «El amor es la fundición de física y química». En 1993 presentó en Madrid su biografía titulada La emoción de descubrir y ese mismo año murió a los 88 años.

En 1977 llegó el siguiente galardón, esta vez para el gran poeta de la Generación del 27, Vicente Aleixandre (1898, Sevilla - 1984, Madrid). La Academia sueca reconoció así su poesía creativa, "que ilumina la condición del hombre en el cosmos y en la sociedad del presente". Su obra se caracteriza por el uso de la metáfora y se le reconoce como el principal poeta surrealista español.

En 1989 el escritor Camilo José Cela (1916, Iria Flavia, La Coruña - 2002, Madrid), fue reconocido con el Nobel de Literatura, por su rica prosa, "la cual combina distintas formas de compasión como un marco de visión retadora a la vulnerabilidad del hombre". Durante la época de la transición desempeñó un papel notable en la vida pública española, ocupando un escaño en el Senado de las primeras Cortes democráticas, y participando así en la revisión del texto constitucional. En 1996, el día de su 80 cumpleaños, el Rey don Juan Carlos I le concedió el título de Marqués de Iria Flavia.

Por último, en 2010 el Nobel de Literatura fue para Mario Vargas Llosa (1936, Arequipa, Perú), que posee la doble nacionalidad peruana y española. Alcanzó la fama con novelas como La ciudad y los perrosLa casa verde y Conversación en La Catedral. Entre sus libros se encuentran obras de teatro, novelas policíacashistóricas y políticas. En 1994, fue nombrado miembro de la Real Academia Española y ese mismo año ganó el Premio Miguel de Cervantes. Su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas.

Como toda bandera tiene su propia historia. La de España tiene su origen en Carlos III (1759-1788). Al subir al trono el rey observó que la mayoría de los países utilizaban banderas en los que predominaba el color blanco y, dado que estaban frecuentemente en guerra, se producían lamentables confusiones en la mar, entre los buques propios y los del enemigo. Por ello, encargó a su Ministro de Marina que le presentase varios modelos de banderas, con la única condición de que fueran fácilmente identificables a larga distancia.

Se convocó a un concurso de donde se seleccionaron 12 bocetos. El soberano eligió dos de ellos, a los que varió las dimensiones de las franjas, declarándolos reglamentarios, el primero para la Marina de Guerra y el segundo para la Mercante. Más tarde, amplió el uso de esta bandera a todas las dependencias de la Armada. El 8 de marzo de 1793 se hizo extensivo el uso de la bandera rojigualda a las "plazas marítimas, castillos y defensas de las costas". Finalmente en 1843, el Real Decreto de 13 de octubre, sancionado por la Reina Isabel II, reconoció como nacional la bandera de colores rojo amarillo y rojo

La Segunda República (1931) sustituyó la franja inferior por una morada e igualó la anchura de las tres franjas. Cuando estalló la Guerra Civil se restableció la bandera rojigualda gracias a la firma de un Decreto el 29 de agosto de 1936. Con la llegada de la Democracia Española, Juan Carlos I sustituyó el reglamento franquista por el Real Decreto 1511/1977, quedando claro en el artículo 4.1 de la Constitución Española que «la bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas».

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